EL AMOR Y LOS CELOS LA MATARON

 

EL AMOR Y LOS
CELOS LA MATARON

#microeditorial #violenciadegenero #violenciamachista, #mediosdecomunicacion  #aborto, #nuevaconstitucion #femicidio #trabajosexual #niñasyadolescentes

~ Un ciclo de 

El Rayo Verde Editorial  |  Cecilia Coddou, Alejandra Saldivia y Francisca Geisse 

~ Colaboraciones
Lucía Miranda, Red de Politólogas (CHL)
Lucía Quispe, Deconstrucción mediática (ARG)
Lu Martinez, LatFem (ARG)
Karimme Morales, Cartografías de la Memoria (CHL)
Nicolás Fierro, Investigador género, cuerpo y disidencias (CHL)
Adriana Gómez, Periodista feminista (CHL)
BRICOFEM, Brigada de Comunicación feminista (CHL)
Carolina OlmedoDocente feminista, Editora en revista Rosa (CHL)

Foto de perfil:  Valentina Kalinger (ARG)

El amor y los celos la mataron es un ciclo de 5 boletines digitales que se articulan a través de una serie de titulares de la prensa latinoamericana que evidencian la normalización de la violencia de género en los medios de comunicación masivos. Este proyecto es una reactivación de una publicación (2019) que recopila titulares de la prensa escrita chilena sobre femicidios de mujeres y niñas entre los años 2012 y 2019.

~Santiago de Chile
#SábadoEnLaRepu

elamoryloscelo

N˚5 / Muerte con aroma de mujer

Foto boletín n°5: Nahuel Colazo (ARG)              

Por CAROLINA OLMEDO CARRASCO (CHL)

Docente feminista, Investigadora en Artes Visuales y Editora en Revista Rosa

La construcción feminista: escombros sobre una página en blanco

“No quiero
que mis muertas descansen en paz
Tienen la obligación
De estar presentes
Vivientes en cada flor que me robo
A escondidas
AI filo de la medianoche
Cuando los vivos al borde del insomnio
Juegan a los dados
Y enhebran su amargura

Las conmino a estar presentes
En cada pensamiento que desvelo.

No quiero que las mías
Se me olviden bajo la tierra
Los que allí las acostaron
No resolvieron la eternidad”

Stella Díaz Varín, Dos de noviembre (fragmento)

A través del llamado de atención a quien habitualmente se oculta tras un manso par de ojos en sus recorridos por la ciudad, El amor y los celos la mataron es un ciclo de 5 boletines digitales que se inscribe en las reivindicaciones del movimiento feminista latinoamericano. Una colección gráfica que busca evidenciar a ojos de quien la porte uno de los temas más relevantes para la lucha social expresada por el mayo feminista y el alzamiento general de mujeres en 2018: la violencia simbólica ejercida cotidianamente contra las mujeres y sus vidas en el continente, generando la necesidad vital de impulsar una “política de la evidencia” contra la violencia iniciada por el movimiento #Niunamenos en años recientes. Es dentro de este campo que El amor y los celos la mataron aparece como una crítica política a la violencia física y simbólica contra las mujeres en la esfera pública chilena, expresada con particular nitidez en las formas de representación de la violencia de genero adoptadas por los medios de prensa latinoamericana.
A partir de un escueto lenguaje visual, que otorga indiscutido protagonismo a los sobrios elementos tipográficos en negro sobre la página en blanco, el volumen

 1* Adaptación del poema realizado por Stella Díaz Varín en 1994 en memoria de las víctimas del Caso Degollados.

desnaturaliza al paso de cada folio la violencia arraigada en aquellos titulares que, aunque confeccionados por los periódicos latinoamericanos con el objetivo de dar cobertura noticiosa a una serie de violentas agresiones y feminicidios, no hacen más que legitimar, atenuar y fortalecer las causas a través de las cuáles se sustenta socialmente esta violencia. La frase El amor y los celos la mataron, incrustada en la portada como un cartel de protesta editorial, da paso a otras tantas tan absurdas -al borde de la poesía surrealista- como Murió por culpa de un mensaje de Whatsapp, Asesino asegura que “la mató de leso nomás”, El amor violento de la bella colombiana descuartizada y Brutal asesinato a Escort chilena. Todas ellas atenuantes, justificaciones y juegos de palabras relativas a las vidas de estas mujeres que adquieren una primera dimensión de impacto en el plano de lo verbal y simbólico, y que sobre todo pasan a constituir discursos de “realidad social” a partir de su exhaustiva reiteración en los medios de comunicación. Lo que se busca es, en efecto, el estupor, incomodidad y extrañeza de quien observa ante los textos reproducidos ¿Qué puede tener de humorístico o vivaz morir apuñalada, quemada o abandonada en un contenedor de basura? ¿Cómo es posible que dichos titulares no sean considerados discursos de odio, y que no existan cuestionamientos en toda la cadena productiva de prensa? También lo más llamativo, tras años de defensa de esta crítica a la violencia simbólica de los medios en las calles y aulas ¿Por qué se siguen reproduciendo estas representaciones?

Tras la lectura de los titulares que se suceden en las páginas de El amor y los celos la mataron, resulta imprescindible reflexionar acerca del impacto que los medios de comunicación tienen en la configuración del tejido social de lo común, en particular en sus formas de expresión no normalizadas. La presencia de una lengua materna o franca emergida de la materialidad de la vida en común es experimentada por cada sujeto como una estrategia de supervivencia cuyo sentido es ambivalente: expresivo de la tensión existente en la vivencia individual entre la tiranía y la emancipación. Una dimensión formativa cuyo impacto es infinitamente mayor al de la escolarización, pues la experiencia de la vida misma es su refuerzo y retroalimentación constante. A partir de la valoración de este tejido común y su relación con la educación formal, Jacques Ranciére recuerda que el niño / la niña al que esta última pretende instruir “ya ha hecho el más difícil de los aprendizajes: el de comprender los signos intercambiados por los seres humanos alrededor suyo y apropiárselos a su uso para hacerse comprender por ellos”, “observando, escuchando, comparando, repitiendo, improvisando” en desborde de cualquier instrucción idealista (Ranciére, 14-15).

Lejos de ser antisociales o individuos radicalmente diferentes respecto de su entorno social -como suele sugerirse en las narrativas adoptadas tácitamente por los medios de comunicación latinoamericanos-, quienes ejercen la violencia contra las mujeres y / o el feminicidio son frecuentemente sujetos indistinguibles dentro del tejido social: individuos cuyas prácticas de violencia suelen particularizarse a razón de sus excesos como defectos fragmentarios dentro de una “normalidad masculina” mayor y unificada, pero que en su reiterada ocurrencia dentro de las sociedades latinoamericanas hacen visibles ciertos modos de ser colectivos naturalizados en el orden patriarcal. Estas prácticas invisibilizadas en las narrativas oficiales a partir de sus continuidades encuentran un soporte esencial en la violencia simbólica contra las mujeres reproducida por el lenguaje sexista y la banalización de la violencia machista en los medios de comunicación masivos, que persisten en todo relato acerca del feminicidio como un hecho noticioso. En torno al papel que juegan los medios en la reproducción de un status quo patriarcal, la periodista feminista Mónica Maureira advierte que, aunque “los medios de comunicación están insertos en un contexto “democrático”, [siguen] haciendo eco de los mismos patrones políticos y culturales que priman en la audiencia, en el público, en la sociedad desigual y patriarcal”: o sea, están arraigados estrechamente a la realidad material de las sociedades en que de originan (Maureira, 26). Es por ello que, como advierte la antropóloga feminista Rita Segato, no es posible “entender la violencia como nos la presentan los medios, es decir, como dispersa, esporádica y anómala”, sino que se hace necesario “percibir la sistematicidad de esta gigantesca estructura que vincula redomas aparentemente muy distantes de la sociedad y atrapa a la propia democracia representativa” (49). Acceder a las condiciones materiales e ideológicas que sustentan a dicha estructura mayor, no atender a sus hitos  puntuales como el total de su expresión.

En este sentido, la colección de estas expresiones reiteradas a lo largo del tiempo hace que El amor y los celos la mataron constituya un “medio probatorio” respecto de la existencia de una estructura patriarcal mayor, que ahonda sus raíces  se alimenta de los mismos nutrientes que el resto de la sociedad aparentemente “sana”. Siguiendo los postulados de Segato, nuestro presente es un tiempo particular de desnaturalización y visibilización de la “estructura de relaciones capaz de explicar los sucesos que en los medios son clasificados como policiales y en la gestión pública como seguridad” (Segato, 44-45), dando paso a su observación como un verdadero sistema de ejercicio de la violencia machista, con sus propias normas, lenguajes y expresiones a veces invisibles en la vivencia cotidiana. De este modo, resulta vital para la lucha feminista retirar del mundo privado, de la crónica roja y de la marginalidad social aquellos hechos de violencia que guardan una estrecha relación con los contenidos producidos por el centro de la vida social y la esfera pública; entre ellos la lengua materna articulada en toda sociedad patriarcal latinoamericana, asumida como expresión de “lo común y lo normal”.

En el marco de esta edición, es imprescindible recordar que hacia 2016 un terrible hecho de barbarie contra las niñas avivó nuestras luchas sudamericanas contra el feminicidio y todas las formas de violencia machista, incluido el sexismo descontrolado en los medios de comunicación de la región. En octubre de ese año, la joven de 16 años Lucía Pérez fue retenida, abusada sexualmente y asesinada por dos varones de 23 y 41 años en Mar del Plata. Las dramáticas condiciones de su feminicidio, su corta edad y el marcado sexismo en tribunales y medios de prensa -que insistieron en el “consentimiento” de la menor frente a dos hombres adultos que la superaban en fuerza-, abrieron por primera vez un debate público sobre temas tabú, como la cultura de la violación a las niñas y la abandonada sexualidad infanto-adolescente originada en la ausencia de una Educación Sexual Integral. El cuestionable y sensacionalista rol de la prensa en el caso de Lucía contribuyó a la agudización de la crisis social y la visibilización de discursos feministas contra la violencia machista, clarificando el hecho de que la precarización vital y laboral de las mujeres contribuía a la privación de derechos humanos tan básicos como es el acceso a una justicia igualitaria. Urgía un nuevo mundo, con una nueva justicia y nuevos medios de comunicación que dieran fin a la «guerra» contra las mujeres (Segato, 2013).

Ante la consigna “Si nos tocan a una, nos tocan a todas”, la movilización de mujeres se extendió por todo el territorio subcontinental, desde Colombia al Cabo de Hornos, resonando en su interior las memorias de aquellas asesinadas impunemente debido a la configuración patriarcal de la justicia latinoamericana, como las miles de desaparecidas y asesinadas en el desierto mexicano desde 1993 (Washington, 2005), o las “reinas de la pampa” de Alto Hospicio, asesinadas y desaparecidas en la frontera norte de Chile hacia el año 2000 (Vásquez, 2015). La perpetuación e impunidad de estos actos de barbarie en tiempo presente motivaron la fundación en todo el continente de un sinnúmero de organizaciones mutuales y defensorías formadas por mujeres profesionales, militantes, activistas y artivistas, como la red ecuatoriana por el aborto libre Las Comadres fundada en 2014; la red latinoamericana contra la violencia #Niunamenos iniciada en Argentina en 2015; la red latinoamericana de Abogadas Feministas ABOFEM fundada en 2018; el grupo de autodefensa Comando Colibrí en México iniciado en 2013; la Red de Docentes Feministas de Chile, la Huelga Feminista y la Coordinadora Feminista 8 de Marzo activas en Chile desde 2018; y la asamblea permanente de trabajadoras de las artes Nosotras Proponemos fundada en Argentina en 2017, entre otras miles que aún permanecen vigentes. 

Tras un breve vistazo a los debates públicos surgidos a partir de la irrespetuosa  cobertura dada por los medios de prensa al hallazgo del cuerpo de la joven Fernanda Maciel, extraviada con un embarazo avanzado durante 500 días y encontrada tras una negligente investigación policial en su propio barrio en Conchalí, Santiago de Chile, nos damos cuenta del contexto en el que nace y se hace necesaria una publicación de estas características. El amor y los celos la mataron expresa entonces una disputa actual, abierta, por el establecimiento de un sentido común del que participemos todas, y que haga visible en su presencia pública la compleja estructura de un patriarcado sistémico, develado en toda su fisonomía por el activismo feminista y su crítica desnaturalizadora. Retomando los postulados de Mónica Maureira, hace falta declarar y asumir como desafío la potencialidad de los medios de comunicación como herramientas de transformación social: atender a la capacidad de los medios para interactuar con otros actores y legitimar al movimiento feminista como actor político frente a ellos, “de ahí́ la relevancia de que las organizaciones de mujeres y feministas los miren como otro actor político más, habilitado para influir en los procesos de toma de decisiones y con capacidad de afectar el comportamiento de ciertos actores” (Maureira, 26). Al desnaturalizar la distancia entre el hecho y la noticia, la realidad de la violencia en Latinoamérica y las formas de narrarla a partir de ciertas concepciones sobre el ser mujer y hombre en esta región, lo que reverbera de la observación descarnada de los acontecimientos es la vida misma. La vida de las mujeres víctimas de la violencia como arma de irrupción pública y política, a través de imágenes, biografías y memorias que son atesoradas, amplificadas por las organizaciones feministas como parte de una didáctica social de carácter antipatriarcal. Un ejercicio de lucha que construye una sustentación política movimental en el presente, a la vez que establece una memoria feminista que la dota de un sentido permanente.

Bibliografía
Maureira, Mónica, “El indecible recuento de los hechos”, en El continuo de violencia hacia las mujeres y la creación de nuevos imaginarios, Santiago, Red Chilena Contra la Violencia Hacia las Mujeres, 2015, pp. 25-40.
Rancière, Jacques, “Prólogo. La lengua de la emancipación”, en Joseph Jacotor, Enseñanza universal. Lengua materna, Buenos Aires, Cactus, 2008, pp. 11-22.
Segato, Rita, Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres, Buenos Aires, Tinta Limón, 2013.
Vásquez Mejías, Ainhoa, “Feminicidios en la frontera chilena: el caso de Alto Hospicio”, en Revista Literatura: teoría, historia, crítica no. 18, 2016, pp. 53-74.
Washington, Diana, Cosecha de mujeres. Safari en el desierto mexicano, Barcelona, Océano, 2005.

Por Nicolás Fierro Olmos de Aguilera (ch).

Antropólogo , licenciado en arqueología, Magister en Estudios de Género y Cultura mención en Ciencias Sociales.

LAS MUJERES NO MUEREN, DESEAN Y LAS MATAN.

En la crónica roja los feminicidios son un tópico frecuentemente abordado que presentan una estructura estable a lo largo del tiempo y los territorios (América Latina). En este ejercicio discursivo, el asesinato es declarado en los titulares con alarma y urgencia. Los encabezados dan cuenta de la información “más importante” como si estuviesen dando aviso del suceso, invitando a sus lectores a informarse de la nueva tragedia sucedida.

En la mayoría de los casos se iluminan dos aspectos principales, que se trata de una mujer y que ésta “muere”. Judith Butler (2011) da cuenta de los ejercicios de iluminación y ocultamiento que se hacen para humanizar o deshumanizar a las personas en los medios. Algunas vidas son lloradas mientras otras, invisibilizadas, se deshumanizan, se hacen menos “persona” y se lloran menos. En los titulares presentes en esta edición (y posiblemente en muchos otros fuera de esta) se habla de las víctimas. Se habla de sus deseos “quería irse de fiesta”, otra “se fue de pinta”, otra no quiso volver con su ex. También se da cuenta de algunos aspectos de la vida de las víctimas, “disfrutaba de lujos”, o bien su nacionalidad u ocupación (“escort chilena”). Esta es la imagen que se levanta de las víctimas, casi siempre definida como un sujeto deseante. Ante esto cabe preguntarnos si estos mismos ejercicios “informativos” realmente humanizan a las víctimas, mujeres deseantes.

En el caso de Tania Karina se dice que “apareció” enterrada en la casa de su novio, a pesar que al momento de la publicación el novio de la víctima había confesado el ocultamiento del cuerpo. Tampoco se dijo que Tania era menor de edad, una de las 131 menores asesinadas en México el 2017, o que su novio tenía 27 años. Para el titular fue más importante decir que Tania quería irse de fiesta. Así como Tania, las mujeres deseantes emergen como sujetas con voluntad, con deseos, con autonomía. ¿Esto las humaniza, las hace más “llorables”? Al apropiar su deseo, las mujeres se desplazan hacia lugares que no están destinados a ellas de acuerdo al modelo tradicional androcéntrico. Se desestabiliza el lugar de los hombres como administrador del deseo femenino, ya sea por otra relación, por trabajar, por descansar o distenderse.

De acuerdo a los encabezados, pareciera siempre haber razones para los feminicidios. Si vemos en un panorama general las causas, éstas siempre se encuentran en las acciones de la víctima. No es la salud mental, la violencia del cisheteropatriarcado, la masculinidad como ontología de opresión y violencia. Estas últimas razones, situadas en la responsabilidad del victimario, se encuentran desgraciadamente ensombrecidas por los titulares. Bajo este juego de luz y sombra, las acciones de la víctima se encuentran selectivamente iluminadas, como principio causal del crimen. De esta manera, las acciones de las mujeres son utilizadas para ocultar al femicida, el asesino se oculta, se matiza, se vuelve ausente tanto en el texto como en la imagen mental que una frase evoca. Nuestro lenguaje permite la figura de sujetos tácitos, quien realiza la acción no se encuentra escrito (ni descrito). Los verbos aparecen como cobrando vida propia, siendo acción sin agente específico, sin quien realice la acción. En este lenguaje son las mujeres las que “mueren”, son “halladas muertas”, “aparecen enterradas” o a veces mueren “por culpa de un whatsapp”. ¿Qué sucede con los agresores, los asesinos, los femicidas? ¿Cuáles son los agentes reales que realizaron la acción? ¿Qué información se entrega de ellos?

Los asesinatos no “suceden”, estos son llevados a cabo por personas (mayoritariamente hombres) con voluntad e intencionalidad. Por otro lado, tomar cada caso como hecho puntual desvirtúa el debate mayor, que el patriarcado y sus ejercicios de violencia no son hechos puntuales, no son solo “una menos”. Cuando vemos los casos en el mapa latinoamericano de feminicidios, estos no son casos aislados, tienen una sistematicidad y un territorio de ocurrencia, tiempo, espacio y siempre un victimario. Cuando presentamos las acciones y deseos de las víctimas que las habrían “llevado a la muerte”, estamos hablando del deseo femenino, como acto de libertad que fue su condena. Así los asesinos, además de ocultos, se hacen presentes en el lenguaje de las portadas cotidianas. Cuando juzgamos un feminicidio en base a las acciones de las mujeres la estamos condenando en su actuar, en su libertad, en su deseo. Ya sea escort, novia o mujer autónoma, no son categorías que conduzcan de manera “natural” a ser asesinadas.

Referencias
Butler, J. (2011). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Política y Sociedad, 48(3), 625-627.

Valdivieso, M. (2017). El patriarcado contemporáneo y sus violencias extremas contra las mujeres. En Guajardo, G., & Cenitagoya, V. Femicidio y suicidio de mujeres por razones de género. (pp. 179-192). Ediciones FLACSO-Chile

N˚4 / La maté de casualidad

Foto boletín n°4: Valentina Kalinger (ARG)              

Por BRICOFEM (CHL)

Brigada de Comunicación Feminista

Despenalización social del aborto: ¿qué podemos hacer desde las comunicaciones?

En la criminalización del aborto influye una serie de estereotipos y desinformación que los medios de comunicación han perpetuado durante años. Hoy te compartimos algunas consideraciones para comunicar con responsabilidad sobre este tema .

Los medios de comunicación crean imaginarios colectivos que no necesariamente se ajustan a la realidad. Por lo mismo tienen responsabilidad en muchos de los prejuicios que se han instalado en la sociedad en torno al aborto. La criminalización social de este es una de las consecuencias de sus prácticas.

En un continente impactado por la pobreza y la desigualdad, como lo es latinoamérica, es esencial que los medios comuniquen sobre temas fundamentales de salud pública con ética, responsabilidad, perspectiva de género y de Derechos Humanos. 

Aspectos como cuidar la identidad de las personas que participan en la cobertura o quienes están compartiendo su historia son muy importantes y no se deberían pasar por alto. Lo mismo ocurre con respetar todas sus decisiones y asegurarse de explicarles las posibles consecuencias de difundir su historia.

Estos aspectos han sido en su mayoría ignorados por los medios de comunicación hegemónicos en Chile y en algunos países de Latinoamérica. En este boletín abordaremos esta problemática y compartiremos algunas recomendaciones para comunicar con responsabilidad, respeto y feminismo sobre aborto.

 

Aborto como tema de salud pública

El aborto en Chile, y en el mundo, es un tema que afecta directamente en la salud de personas con la capacidad de gestar, poniendo en peligro su bienestar. El aborto clandestino puede causar diversas complicaciones. De hecho, según indica el Nodo Chile del Campus Virutal de Salud Pública, en Chile el aborto clandestino puede causar la muerte de 50 a 100 personas con capacidad de gestar por cada 100.000. 

Dicha cifra se vuelve aún más indginante cuando consideramos que el aborto legal es un procedimiento quirúrgico sumamente seguro, cuya tasa de mortalidad se acerca a 1 por cada 100.000 procedimientos (Nodo Chile).

Entonces, ¿qué pasa cuando este procedimiento es ilegal en un país? La penalización obliga a que las personas con capacidad de gestar tengan que recurrir a lugares clandestinos y en condiciones precarias para realizarse estos procedimientos, lo que pone en peligro sus vidas en diferentes niveles (emocional, penal, salud, etc.).

Sin embargo, al aplicar el factor de la clase social a este análisis, se vislumbran ciertos matices: son las personas pobres quienes son las más afectadas, porque mientras ellas muchas veces pasan por un aborto sin supervición de alguien profesional de la salud, en condiciones de salubridad que no siempre son las óptimas, quienes tienen altos ingresos de dinero pueden pagar clínicas privadas, donde es posible esconder la real razón del procedimiento.

El aborto es un tema de salud pública y es importante reflejarlo como tal, así como también el hecho de que hay responsables políticos de las consecuencias de su criminalización.

 

Estigmatización en la publicidad transmitida por TV abierta

La publicidad es sumamente persuasiva y tiene una gran presencia en la vida de las personas que, queramos o no, nos vemos en una constante exposición a ella. Por lo mismo el cómo se comunica respecto a temas como el aborto se vuelve crucial frente a la estigmatización que existe frente al tema.

De las pocas veces que la comunicación publicitaria ha tomado esto como tema explícito, lo ha hecho de la mano de organizaciones religiosas que criminalizan el aborto, como propaganda “pro vida” (cuando en realidad son pro muerte), y abarcado como un tema valórico y no de Derechos Humanos.

Es así como a fines de los 90 y principios del año 2000 surgieron campañas en Chile con frases tan estremecedoras y revictimizantes como “me van a matar”. Campañas que tuvieron una alta exposición en medios y que repercutieron de mala forma en miles de niñas, niñes, niños y adolescentes.

Sin ningún argumento más que la criminalización se creó un imaginario negativo y tenebroso en torno a este tema, afirmando que abortar siempre produce depresión, cargo de conciencia, arrepentimiento y que nunca se supera. En cuanto al feto, se le dio carácter de niñe que piensa y habla y a las mujeres que abortan se les retrató como asesinas.

Estos mensajes provenían -y provienen aún- de los grupos más conservadores de Chile, políticos y religiosos, y lo hicieron no solo con las generaciones más jóvenes de esos años, sino que también con familias completas que veían la televisión abierta como un medio que iba con la verdad de la mano.

Hoy por hoy, ni el gobierno ni sus ministerios relacionados a este tema, como el de Salud o el de la Mujer y la Equidad de Género, se han hecho cargo de realizar campañas publicitarias responsables e informativas, ni siquiera teniendo en cuenta que en este país contamos con tres causales para abortar. De hecho, el 2º Informe de Monitoreo Social de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en tres causales (2021), estudio realizado por organizaciones feministas que tiene como objetivo medir los avances y dificultades de esta legislación en Chile, indicó que entre 2019 y 2020 no se advierten estrategias de información y capacitación, ni siquiera a profesionales de salud.

 
Recomendaciones de buenas prácticas en medios de comunicación

Pero no todo está perdido. Como personas que nos dedicamos a las comunicaciones hay algunas cosas que podemos hacer (o dejar de hacer) para aportar a la despenalización social del aborto. A continuación algunas ideas:

¿Qué mostrar?

1. Marchas de mujeres y disidencias: el aborto ha sido una bandera de lucha de las movilizaciones feministas, ¿por qué no entonces ilustrarlo desde esos espacios?

2. Mujeres y diversidades sexuales y de género acompañas: muchas veces el proceso de hacer un aborto es con alguien más al lado. Mostrarlo como un proceso solitario es invisibilizar el trabajo que hacen miles de compañeres por hacer el proceso lo más llevadero posible.

3. Test de embarazos: entendemos que no es fácil buscar imágenes que  acompañen la narración, pero los test de embarazo son una buena salida.

4. Cifras que ilustren la realidad: existen muchísimos estudios que pueden ayudar a mostrar cuál es la realidad en cada uno de los países de latinoamérica. Hablar, por ejemplo, sobre el número de personas que abortan, mortalidad asociada a abortos inseguros, estadísticas sobre criminilización a personas gestantes y profesionales de la salud, entre otros, pueden armar un buen panorama. ¡Asegúrate de que sean fuentes confiables!

5. Incluir a personas no binarias y hombres trans: sí, no solo las mujeres cisgénero se podrían embarazar y esa es una realidad que nunca se debería esconder. 

6. El ángulo del acompañamiento: muchas veces, los procesos de aborto son acompañados, ¿y si contamos la historia desde esa perspectiva? De esta forma también cuidamos la identidad de quien abortó. 

7. Los abortos no son solo quirúrgicos: parte de despenalizar socialmente el aborto tiene que ver con quitar el imaginario de que solo se hacen abortos quirúrgicos. De hecho, muchos de ellos son químicos. 

8. Historias en vez de casos: las palabras sí importan. La recomendación es dejar de hablar de “casos”, pues deja la sensación de que es un hecho aislado y no lo es. 

¿Qué dejar de hacer?

1. Mostrar a personas con embarazos avanzados: las regulaciones sobre aborto suelen tener un tope de semanas de gestación que no llega a estados avanzados de embarazo. Si se muestra una mujer de 8 o 9 meses de embarazo se está faltando a la verdad.

2. Personas en lugares solitarios y lúgubres: imágenes como camillas de metal vacías y sangre corriendo no ayudan en absoluto a la despenalización social del aborto. Además, esas imágenes podrían corresponder a cualquier otro procedimiento quirúrgico. 

3. Ecografías de fetos en un embarazo avanzado: al igual que mostrar a personas con embarazos avanzados, mostrar una ecografía de un feto en una etapa avanzada de crecimiento crea un imaginario que no es verdadero sobre el aborto.

4. Fuentes basadas en estigmatizaciones, prejuicio y no en cifras o datos: la información debe ser lo más fidedigna posible. La búsqueda de fuentes en este proceso es muy importante. Recomendamos sin duda preguntarse: ¿desde dónde habla mi fuente? ¿Cuánto sabe realmente del tema?




El hecho de que en Chile, así como en la mayoría de los países de Latinoamérica, aún no tengamos acceso al aborto libre, vuelve aún más importante el rol de las comunicaciones. Aunque se nos niegue el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, seguiremos abogando por una conversación sobre el aborto libre de estigmas, estereotipos y discriminación.

 

*

Si quieres revisar más orientaciones sobre cómo comunicar con perspectiva de género y DD.HH, puedes revisar nuestras guías en la cuenta de Instagram @bricofem 

N˚3 / El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)

Foto boletín n°3: Alejandra Saldivia (CHL)              

Por KARIMME MORALES (CHL)

Escritora, Artista Textil, Gestora Cultural y Socióloga Máster en Arte mención Patrimonio

La representación de la niña en la cultura patriarcal

“No hay ninguna sociedad que no endose algún tipo
de mistificación de la mujer y de lo femenino, que no
tenga algún tipo de culto a lo materno, o a lo femenino
virginal, sagrado, deificado, que no lo tema en alguna de
las variantes del motivo universal de la vagina dentata”

Rita Segato, 2003

La figura de la niña ha sido construida en una cultura patriarcal como la representación pura de lo virginal, del cuerpo novicio que sostiene en la punta de sus pequeñas manos la posibilidad de perpetuar la mistificación de lo femenino, así, la niña se constituye como un concepto desprovisto de libertad y agencia, un cuerpo sagrado y delicado que, al mismo tiempo, puede ser violentado y castigado por el hecho de nacer mujer. La Declaración de las Naciones Unidas sobre Erradicación de la Violencia contra las Mujeres define la violencia de género cómo: «cualquier acto de violencia basada en el género que produzca o pueda producir daños o sufrimientos físicos, sexuales o mentales en la mujer, incluidas las amenazas de tales actos, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, tanto en la vida pública como en la privada»(ONU, 1993); en la Declaración también señala que se considerará como violencia de género: «la violencia física, sexual y psicológica que se produce en el seno de la familia y en la comunidad en general, incluidas las palizas, el abuso sexual de niñas, la violencia relacionada con la dote, la violación marital, la mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales dañinas para la mujer, la violencia no conyugal y la violencia relacionada con la explotación, el acoso sexual y la intimidación en el trabajo, en las instituciones educativas y en cualquier otro lugar, el tráfico de mujeres, la prostitución forzada y la violencia perpetrada o tolerada por el Estado»(ONU, 1993). No obstante, nuevamente, si centramos nuestra mirada a la figura de la niña, discursivamente se le ha construido como una víctima testimonial de la violencia desplegada en la unidad básica de organización patriarcal, la familia; objetivando el cuerpo de la niña a la invisibilidad de lo privado, es decir, a las dinámicas del poder dentro de su propio hogar (Arendt, H., Cruz, M., & Novales, R. G., 1993), pero, ¿qué ocurre cuando la niña tensiona el movimiento de su propio ser transgrediendo las fronteras impuestas de lo privado al espacio público?, en este instante el cuerpo de la niña, se asume díscolo, aceptando el contrato sexual que se le ha impuesto (Pateman, C., & Romero, M. X. A., 1995); si la performatividad del género responde a las relaciones de poder que le constituyen, específicamente en términos punitivos respecto a los cuerpos, el castigo hacia la niña, será la repetición ritualizada de la violencia en todos los términos posibles, así, la culpa de la violencia radicaría en quien la incita, en la niña que juega a ser mujer, en la jovencita que se emborracha en fiestas y es violada camino a casa, como diría Judith Butler: “cómo debemos entender la «materia» del sexo y, de manera más general, la de los cuerpos, como la circunscripción repetida y violenta de la inteligibilidad cultural? ¿Qué cuerpos llegan a importar? ¿Y por qué?” (Butler, J., 2012); siguiendo esta línea reflexiva, ¿Cuáles son los discursos que marcan y buscan diferenciar los cuerpos de las niñas, niños y adolescentes?, pareciera ser que, los discursos de mayor visibilidad son justamente aquellos que profundizan e imponen la materialización del sexo en su estructura hegemónica del poder, específicamente, aquellos que tienen probidad en reforzar las normas performáticas de los cuerpos. 

La cultura patriarcal, representada por el presente proyecto editorial como titulares de prensa, delimita la formación normativa de la niña, el lenguaje construye los límites, no solo de la niña en sí, sino que también de la violencia que puede ser ejercida contra ella. 

Joven muere tras acudir a fiesta; la violaron y lo publicaron en su estado de WhatsApp.
Adolescente muere tras ser apuñalada por su pololo en Valdivia y se investiga posible femicidio.

La niña no es asesinada por su homicida, la niña muere, como la culminación circunstancial de sus decisiones, muere tras transgredir el espacio privado que le había sido asignado, muere en su rol de cuerpo sexuado, atrapada, además, en la espectacularización del dolor que, es perpetuada una y otra vez por otro acto de violencia, otra noticia, otro titular parecido en alguna parte del mundo, en palabras de Rita Segato “lo que se obtuvo por conquista está destinado a ser reconquistado diariamente” (Segato, R., 2003), los cuerpos marcados por la violencia patriarcal, están destinados a ser remarcados en dolor diariamente, con el propósito de mantener el pacto de poder vigente; si su condición de niña no la exime de la cultura punitiva, sino que, la somete desde la más temprana edad a constituir su identidad a través de ella, podemos asumir, que es la niña el objeto primero de la violencia patriarcal, el origen de la tragedia.

 

Bibliografía
Arendt, H., Cruz, M., & Novales, R. G. (1993). La condición humana (Vol. 306). Barcelona: Paidós.
Pateman, C., & Romero, M. X. A. (1995). El contrato sexual (Vol. 87). Anthropos Editorial.
Butler, J. (2012). Cuerpos que importan–sobre los limites materiales y discursivos del “sexo”.
Segato, R. (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.

Por ADRIANA GÓMEZ MUÑOZ (CHL)

Periodista jubilada, feminista, laica.

MUJERES, VEJEZ, Y EXCLUSION

Esta columna de opinión apareció, originalmente, en la web de la Red Chilena contra la Violencia Doméstica y Sexual, el 19-Mayo-2020. Se agregan en esta oportunidad contenidos sobre instrumentos jurídicos internacionales pertinentes a la temática, y acerca de la representación social de las vejeces femeninas.

Las vejeces emergen hoy desde una invisibilidad histórica, de pronto son el foco de políticas sociales y sanitarias ante la emergencia del COVID19. El gobierno busca protegerlas, en especial, a través de su confinamiento forzoso en los hogares. Pero no todes pueden guarecerse en condiciones óptimas, demasiado a menudo la pobreza, la soledad y el hacinamiento cruza la vida de la ancianidad. Dignidad ausente.

Esta breve reflexión, sin embargo, es sobre las mujeres viejas más allá del tema de la pandemia, pues su exclusión social ha recorrido siglos: “No hay peor discriminación que la que se experimenta al ser mujer, vieja y pobre”.


Feminización de la vejez

Entre los años 2000 y 2050 se duplicará en el mundo la proporción de los mayores de 60 años, que crecerá del 7% a más del 16% de la población total. Asimismo, las mujeres de 60 años y más, en casi todos los países superan hoy en número a los varones. Es lo que se conoce como feminización de la vejez.

Se estima que Chile para el año 2050 será el país más envejecido de la región latinoamericana y caribeña. Según la última encuesta Casen, el 16,7% de los habitantes del país (dos millones 885 mil 157 personas) superan los 60 años. De ellos, un 57% corresponde a mujeres y un 42,7% a hombres. O sea nuestra vejez es feminizada. La proyección del INE señala, asimismo, que para este año 2020 la esperanza de vida en promedio será de 79,7 años: 77,3 para los hombres y 82,1 años para las mujeres (aunque sin duda podría haber un cambio por efecto del COVID19).

¿Por qué decimos que las mujeres mayores enfrentan mayor discriminación y exclusión? En gran parte de las sociedades occidentales observamos un ensalzamiento exagerado de la juventud como modelo estético y como ideal de vida. La vejez, por el contrario, aparece como sinónimo de debilidad, pérdida de capacidades y obsolecencia. Todo lo cual conduce a la marginación y el aislamiento social de quienes “se van haciendo mayores”. En el caso de las mujeres, a lo ya mencionado se suma la discriminación que sufren por su condición de género. Más aún, si la mujer vieja es pobre, sufrirá una triple discriminación social, con deterioro de su calidad de vida y goce de derechos. Incluso, si concurren otras variables, la situación de menoscabo será incluso más marcada, cual es el caso de mujeres transgénero, lesbianas, mujeres con discapacidades, etc., que al llegar a la vejez ven aumentadas las discriminaciones ya experimentadas.

Nombremos, entonces, las desventajas:

– Las mujeres mayores que viven en soledad, sea porque son viudas, separadas o no han tenido pareja, enfrentan a menudo más pobreza que los varones. La viudez es, en sí misma, una circunstancia más común en las mujeres que en los hombres, especialmente en las mayores de 70 o 75, puesto que por su longevidad es probable que sobrevivan a sus esposos, por lo cual llegan a vivir sus últimos años en soledad y con menos recursos para subsistir.

– Para el acceso al trabajo, las mujeres mayores no tienen iguales oportunidades que los hombres si quieren seguir en la fuerza laboral activa. Enfrentan, además, una persistente brecha salarial de género: se ha comprobado que las adultas mayores que sí trabajan, ganan un 30,3% menos que los hombres de su edad por el mismo trabajo. Cabe recordar que las jefaturas de hogar femeninas han crecido en Chile en los últimos años, y muchas jefas de hogar son mayores de 60 años que sostienen solas a sus familias. Así, están dispuestas a trabajar en condiciones muy desventajosas, en forma precaria y desprotegida (comercio callejero, por ejemplo). Otras cuidan a nietos y nietas y realizan tareas domésticas varias, contribución rara vez reconocida, valorada y por supuesto no remunerada. En momentos de la pandemia, cuando se supone que por ser viejas muchas mujeres mayores deberían estar en confinamiento total, no pueden hacerlo: “Si no trabajo, no como”, “Cuido a mi madre, cuido a mi padre, cuido a mi esposo”… Y en ese “cuidar” se les va la vida. Por todo ello es frecuente que al llegar a la vejez no cuenten con una pensión que les ofrezca una mínima seguridad económica, salvo la pensión básica solidaria que es insuficiente para una subsistencia digna. Hoy como nunca se ha destapado la “crisis de los cuidados”, muestra descarnada de que las mujeres, a lo largo de sus vidas, se dedican a cuidar de otros, en detrimento de su salud, su tiempo, su descanso, cuando en realidad debería ser una labor sostenida por el Estado e incluida en las cuentas nacionales.

– En cuanto a la salud, si bien es sabido que las mujeres viven más que los hombres, también enferman más y su calidad de vida es peor en la vejez. O sea viven más, pero viven peor. Sus morbilidades resultan de largos años de desatención a sus necesidades específicas de salud, mala nutrición, repetidos embarazos, partos y abortos, desgaste emocional y vivencia de violencias, etc. Es decir, su mayor longevidad va acompañada casi siempre por la enfermedad crónica y necesidad de asistencia. En relación a la salud, cabe notar que las mujeres en general, y las mujeres mayores en particular, son las principales usuarias del sistema público al que acceden con todas las dificultades propias de un sistema en crisis que no garantiza calidad ni oportunidad de atención.

– Por otra parte, se ha venido identificando cada vez con mayor certeza que las personas viejas son objeto de violencia en el ámbito de las familias y comunidades. Las dimensiones que abarca el maltrato a personas mayores han sido conceptualizadas como tipologías: Maltrato o Abuso Físico, Maltrato o Abuso Psicológico, Maltrato o Abuso Financiero o Patrimonial, Abuso Social o Violación de los Derechos, Abuso Sexual y Negligencia o Abandono. Aunque afectan a mujeres y hombres, es probable que algunas de ellas tengan un mayor impacto sobre ellas, sobre sus vidas y sus derechos humanos fundamentales. De hecho, en los últimos años se ha observado con mayor frecuencia, por ejemplo, femicidios de mujeres mayores a manos de sus parejas.

– Por último, pero no menos importante, las mujeres enfrentan otro gran escollo en su paso hacia la edad madura, uno de tipo ideológico y cultural. En un mundo donde el principal valor social de la mujer y su misma identidad han sido definidos en términos de su potencial reproductivo y de su atractivo sexual, hay enormes dificultades para aceptar el envejecimiento como proceso natural del ciclo vital puesto que la sociedad castiga a las mujeres con especial fuerza. Un estigma que recae sobre la vejez femenina y no así la masculina.

Para desafiar esta exclusión histórica que afecta a las mujeres viejas, es indispensable que los principios de la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, uno de los instrumentos más completos del sistema interamericano, sean conocidos, respetados y fomentados activamente. Es un deber del Estado difundirlo y hacerlo valer en toda su extensión.


Protección desde la normativa internacional

Como se ha señalado, el maltrato físico, sicológico o emocional; el descuido, la negligencia o abandono; la violencia cultural; la violencia económica, son hechos experimentados por todas las personas viejas, hombres y mujeres, y a menudo provienen desde el mismo ámbito familiar y también del institucional (casas de reposo, asilos, recintos hospitalarios, etc.), pero la violencia con sesgo de género apunta especialmente a las mujeres.

Efectivamente, la edad madura no es impedimento para que las mujeres sean violentadas por el solo hecho de serlo. Las estadísticas a nivel mundial demuestran que durante todo su ciclo vital pueden ser objeto de ataques, violencias, amenazas por ser mujeres, e incluso pueden ser víctimas de violencia sexual, abusos y de femicidio.

En cifras recientes, por ejemplo, la IV Encuesta de Violencia contra la Mujer en el ámbito de Violencia Intrafamiliar y en Otros Espacios (Subsecretaría de Prevención del Delito, 2020), mostró que en Chile el 14,1% de las mujeres mayores de 65 años había sufrido algún tipo de violencia intrafamiliar en los últimos doce meses o antes (sea psicológica, sexual, física, en el espacio público, en el espacio laboral, o en el espacio educativo). Un porcentaje que no puede calificarse como menor.

Sin embargo, hay escasa percepción a nivel de la comunidad de que estos hechos puedan realmente ocurrir. De hecho, los medios de comunicación en general no resaltan a nivel informativo la especial afectación que experimentan las mujeres mayores con la violencia de género, lo que contribuye a su invisibilización.

Es indispensable, en este punto, que los Estados avancen activamente en el enfrentamiento de este fenómeno aplicando prioritariamente en sus políticas y programas la “Recomendación General Nº 27 sobre las mujeres de edad y la protección de sus derechos humanos”, del Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, el que destaca las múltiples formas de discriminación que puede experimentar la mujer mayor. Su artículo 11 señala, específicamente, que (…) “las desigualdades de género a lo largo de la vida se agravan con la vejez y con frecuencia se basan en normas culturales y sociales hondamente arraigadas. La discriminación que sufren las mujeres de edad suele ser el resultado de una distribución injusta de recursos, malos tratos, abandono y restricción del acceso a servicios básicos”.

Y agrega en su artículo 13. “La discriminación que sufren las mujeres de edad con frecuencia es de carácter multidimensional, al sumarse la discriminación por motivo de edad a la discriminación por razón de género, origen étnico, discapacidad, grado de pobreza, orientación sexual e identidad de género, condición de migrante, estado civil y familiar, alfabetismo y otras circunstancias. Las mujeres de edad que pertenecen a grupos minoritarios, étnicos o indígenas, o son desplazadas internas o apátridas, suelen ser víctimas de discriminación en un grado desproporcionado”.

Del mismo modo, el Estado de Chile ha ratificado y promulgado la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, con lo que nuestro país adquiere las obligaciones establecidas en la Convención y en sus políticas, planes y programas se compromete en el reconocimiento de los derechos de las personas mayores y de los problemas que los afectan. Este documento se considera uno de los más avanzados e integrales en el ámbito de los DDHH y, sin embargo, hay escasa difusión de sus contenidos y alcances, y de su aplicación concreta en el ámbito nacional, lo que constituye un vacío que requiere ser corregido. Las personas mayores, en su más amplia diversidad, tienen derechos humanos que necesitan ser respetados, protegidos y promovidos.


Género, cultura patriarcal y vejez

Finalmente, es necesario reiterar que envejecer para las mujeres implica desafíos propios de su género, sea en el acceso equitativo a la salud, al trabajo y la seguridad social. Pero además, enfrentan otro gran escollo en su paso hacia la edad madura, uno de tipo ideológico y cultural.

Efectivamente, en una sociedad patriarcal donde el principal valor social de la mujer y su misma identidad han sido definidos en términos de su potencial reproductivo -ser madre- y de su atractivo sexual, hay grandes dificultades en cada una de nosotras para aceptar nuestro propio envejecimiento, siendo la primera señal cuando dicho potencial finaliza, es decir, cuando “nos llega” la menopausia y cesa la capacidad de reproducirse. La internalización de este mensaje tan fuerte y sugerente determina que las mujeres muchas veces sintamos un verdadero estigma relacionado con la madurez y luego la vejez. Nos cuesta mucho reconocernos en una nueva identidad más allá de la reproducción, más allá de un cuerpo joven y un rostro terso, y no tomamos en cuenta toda nuestra historia que nos ha permitido llegar hasta donde ahora estamos. Un cuerpo que envejece nos molesta. También les ocurre a los hombres que envejecen, pero con menos intensidad.

El clásico texto de Susan Sontag –“El doble patrón para envejecer”- profundiza en cómo el envejecimiento en nuestra sociedad castiga a las mujeres sesgadamente, definiéndolas como propiedad de los hombres, “como objetos cuyo valor se deprecia rápidamente con la marcha del calendario”, y sobre todo descalificándolas en su capacidad de ser sexualmente atrayentes. Señala:
“La actual distribución desigual de los papeles adultos entre ambos sexos otorgan a los hombres una libertad para envejecer que las mujeres tienen negada y ellos colaboran activamente para mantener ese doble patrón, porque así el papel masculino les deja la iniciativa para el cortejo: los hombres escogen mientras que las mujeres son elegidas; y ellos pueden escoger mujeres más jóvenes”. Añade: “Sin embargo, a pesar de que ese sistema de desigualdad está manejado por los hombres, no podría funcionar si las mujeres no lo apoyaran. Ellas lo refuerzan poderosamente con su complacencia, con su angustia y con sus mentiras… pero, al protegerse a sí mismas como mujeres, se traicionan como adultas. La corrupción más importante en la vida de una mujer es la de negar su edad porque, haciéndolo, accede simbólicamente a todos los mitos que se han creado en torno a ella…».

Por su parte, la escritora Germaine Greer, en su libro “The Change” (El Cambio), se refiere al significado que tiene la menopausia para las mujeres. Esta etapa es mucho más que los trastornos físicos, es un tránsito hacia una nueva identidad, tránsito que resulta doloroso precisamente por ser desconocido. Y agrega que la generalidad de las mujeres interioriza este proceso como una fatalidad, en la medida que se vuelven “invisibles” para los hombres, y entonces se dan cuenta de cuánto han dependido de la atención masculina. Y esta pérdida de la atracción sexual las hace sentir enajenadas. Sin embargo, enfatiza Greer, el climaterio debe considerarse como un largo tránsito de la mujer hacia una nueva conciencia de sí misma, debe ser un momento para evaluar, para llorar algunas pérdidas, para enfrentarse a la idea de la muerte, pero también implica la promesa de tranquilidad y libertad, del fin de la “esclavitud” del atractivo sexual. Así ocurriría, finalmente, el nacimiento de la sibila, la adivina, la bruja, la “crone”, símbolos de la sabiduría.
Por su parte Sara Arber, investigadora inglesa, reconoce distintas formas del concepto de “edad”: edad cronológica es nuestra edad en años; edad fisiológica, determinada por nuestra salud física; edad cognitiva, edad que cada persona siente internamente, es decir, los pensamientos y sentimientos en lugar de la imagen que cada una contempla cuando se mira en el espejo. Y la edad social es culturalmente construida y tiene que ver con las normas sociales y estereotipos de lo que significa ser vieja (o viejo). A menudo existe una tensión entre cómo nos sentimos y cómo la sociedad nos ve. También hay diferentes expectativas en relación a la edad, ya sea se trate de hombres o de mujeres. Las mujeres, al contrario de los varones, señala Arber, se ven obligadas, presionadas, empujadas a detener los efectos del envejecimiento para seguir siendo valoradas y vigentes.

Sin embargo, en las últimas décadas está surgiendo un fuerte y cada vez más masivo movimiento de mujeres que rechazan, a plena conciencia, vivir sobre estereotipos culturales patriarcales que las amarran y, sobretodo, se niegan a aceptar la medicalización de sus ciclos vitales que son naturales, tal como nacer y morir. Se niegan a ser invisibles en su madurez. Es el camino indispensable.

Todas seremos viejas, déjennos envejecer en paz…

N˚2 / La culpa la tuvo cupido

Foto boletín n°2: Trinidad Balcarce (ARG)              

Por LU MARTÍNEZ

Escritora, periodista cultural y guionista audiovisual

LOS TITULARES DECÍAN QUE POR AMOR NOS MATABAN

«Él se suicidó sobre el pecho sangrante de la amada»
tituló El Día de Montevideo evitando hablar de ella.
Entre la metáfora modernista de un pecho sangrante
y la palabra femicidio que no existía
Delmira se las ingenió para hacer y deshacer con la lengua
lo que quedaba por decir.

Tamara Kamenszain, Chicas en tiempos suspendidos (fragmento).

En Latinoamérica se llamó durante décadas “crimen pasional” a una buena parte de los asesinatos que hoy son caratulados como femicidios. ¿Qué implicaba cometer un crimen “pasional”? El homicidio de una feminidad estaba en manos de su pareja. Y la interpretación del acto delictivo, en principio, estaba ligada a la exacerbación del estado “sentimental”. Los femicidas parecían inconscientes, empujados por oscuras emociones provocadas por sus víctimas. No era nunca un acto con historia, no era visto como un crimen premeditado, ni tenía otros antecedentes de violencia. El autor del crimen había caído en un aparente exabrupto simple y desafortunado. Aunque no supiéramos en qué contexto, se suponía que había un momento de impulsividad que venía de una “emoción violenta”, un shock. No importaban las razones y dentro del ámbito de la pareja todo estaba justificado. Se suponía, se exponía, se intuía. En la narración de los actos, en la comunicación y, muchas veces, en los juicios, estaban naturalizadas las conductas violentas de parte de las masculinidades que se ajustaban al status quo.

Los periodistas contaban, escribían, titulaban. Se daba por hecho que eran los celos, la infidelidad y la posesión parte fundante de lo “esperable”. Pero este tipo de delitos no solo se comunicaba como algo normal, también ofrecía un alto impacto en las noticias. Y lo que se populariza y tiene impronta, más temprano que tarde, vende y cotiza. Y cuanto más vende, más se instala. Ese círculo vicioso parecía interminable. Como hoy se viralizan en la web cierto tipo de notas, con sus respectivos titulares “clickbait”, en los 80’s y los 90’s, también se imprimían más y más periódicos si las tapas mostraban ese enfoque, esas letras rojas que tenían de fondo el matiz amarillista y condescendiente: mujeres asesinadas, muchas veces jóvenes, muchas veces bellas, que parecían haber terminado sus vidas “envueltas en una tragedia”, como en una novela.

Nada tenían que ver esas muertes violentas con el amor, ni se trataba de ficciones, pero la popularidad de los titulares y el interés del público lector siguió avanzando. Incluso hoy, en plena cuarta ola del feminismo, estas narrativas no terminan su ciclo y las encontramos en los portales de los principales medios en nuestros países. Aunque la información crece, las figuras legales cambian, las generaciones de periodistas se renuevan y actualizan, el cambio cultural que implica dejar atrás esa mirada todavía no está terminado.

A quién no le resuenan ciertas palabras que tiñeron las historias de nuestras muertas. “Amores intensos, amores que matan” para contar tres femicidios en Chile, agrupados bajo la excusa de la pasión. También en Chile, el diario popular La Cuarta imprimió en letras blancas sobre negro de primera plana: “El amor y los celos la mataron”.
En argentina nos quedó grabada la parte del titular “una fanática de los boliches que abandonó la secundaria”, esta fue la manera en que el diario Clarín, el más leído del país, usó para definir a Melina Romero, que fue asesinada a los 17 años. En México, eligen esta triste comparación shakespeareana: “Drama al estilo Romeo y Julieta: mata a su novia y luego se suicida, en Pensiones”.

Estos son solo algunos de los títulos de notas recientes de nuestro continente. No hace falta hacer un estudio exhaustivo de análisis del discurso para notar que es común que se invisibilice el nombre, el accionar y, muchas veces, la responsabilidad del agresor. También queda a la vista cómo se prejuzga a las mujeres asesinadas, se las expone, se les demandan determinadas conductas y se les echan en cara otras. Y, además, se opina siempre sobre el vínculo, no para cuestionarlo, no para evidenciar las violencias. La relación no se muestra como un agravante sino como un atenuante.

¿Cómo llegamos hasta esas noticias? ¿Cómo llegaron a escribirse, editarse y publicarse esos titulares? El paradigma del amor-pasión estuvo siempre ligado al contexto de los celos, el despecho, la falta de lealtad y, finalmente, a la agresividad, la posesividad y la violencia, que termina en muerte. ¿Cómo desarmamos la dupla Eros-Thánatos? La idea del crimen pasional no es una idea del periodismo reciente. Existía ya en los mitos clásicos, se enraizó con los tópicos literarios de obras como Tristán e Isolda, fundando arquetipos medievales y modernos, y termina de arraigarse en el imaginario actual melodramático de la telenovela. Fueron cambiando los roles de varones y mujeres (y muchas veces negadas las diversidades y sus fugas) sí, pero las bases de la cultura occidental actual están cimentadas sobre maneras de sentir que justifican y perpetúan las violencias machistas y patriarcales. El sintagma “crimen pasional” no es casual, y mucho menos, inocente. Se arrastra la misma idea en el «si te cela es porque te ama» o «los que se quieren, se pelean». Amor romántico y crimen pasional caminan de la mano. Bajo la idea de amor romántico se genera no solo violencia física explícita, sino todo tipo de expectativas imposibles de cumplir bajo las que se ejercen otros tipos de violencias: simbólica, psicológica, patrimonial, etc.

Sabemos que la era de la pareja eterna, utópica, ideal, única y comprometida «hasta que la muerte nos separe» está llegando a su fin. Son tiempos de nuevas formas vinculares. Los sentimientos ligados al relacionarse sexo-afectivamente con otres están mutando. Pero queda una pregunta más que hacer, aunque la responsabilidad principal de prevenir y eliminar los femicidios es de los estados y recae en sus sistemas legales, ejecutivos y judiciales, ¿quién sostiene, quién difunde el discurso que hay atrás del femicida? Los conceptos que armaron esa torre, ladrillo por ladrillo, a lo largo de la historia de nuestra cultura fueron funcionales y se multiplicaron a través de la palabra. Oral y escrita. Y en las últimas décadas, ese discurso fue clave para los medios de comunicación.

Como periodistas feministas nos dimos a la tarea de evidenciarlo y traer aire, titular diferente, comunicar con responsabilidad, aprender maneras y desactivar las viejas palabras. Y también de volver una y otra vez a decir: No mata el amor. No matan los celos. Matan los seres humanos. Y matan con más impunidad si hay un discurso, un contexto y un sistema que los avala.

Por LUCIA QUISPE

NARRATIVA MEDIÁTICA SOBRE LA VIOLENCIA DE GÉNERO: EL FOCO EN LAS VÍCTIMAS, NUNCA EN LOS FEMICIDAS

La narrativa mediática sobre la violencia por motivos de género está compuesta por estrategias discursivas que moldean cotidianamente la percepción y los hábitos de las audiencias masivas. Estos discursos, expresados a través de la radio, televisión, prensa gráfica y digital, a la vez que son replicados mediante redes sociales, funcionan como dispositivos culturales que contribuyen a la construcción del famoso “sentido común” de época. El mismo, presentado ante las sociedades desde una supuesta objetividad y neutralidad, está estructurado para reproducir y legitimar intereses dominantes capitalistas y patriarcales. Así, las prácticas socioculturales están permanentemente influenciadas y manipuladas por la visión del mundo presentada por los grandes medios de comunicación.

Más puntualmente en el caso de los femicidios, transfemicidios y travesticidios acontecidos en América Latina, analizar la cobertura de la prensa masiva puede servirnos como punto de partida para repensar el profundo anclaje sociocultural y los prejuicios que rodean a la temática. La violencia simbólica, sanitaria y económica ejercida contra las personas que integran la población LGBTIQ+ suele ser invisibilizada por los grandes medios de comunicación. Esto implica que cuando lxs agreden, desaparecen o matan, las noticias sobre quienes eligen una identidad de género que no coincide con el sexo asignado al nacer no suelen formar parte de la agenda mediática. Asimismo, tampoco es frecuente que la prensa masiva profundice sobre las dificultades del colectivo para acceder al sistema de salud, al mercado laboral formal y por ende su baja expectativa de vida (35 años). Afortunadamente, hay que destacar que a nivel regional contamos con el trabajo de los medios autogestivos y/o transfeministas que escapan a la lógica comercial de la agenda de masividad e informan sobre la discriminación estructural de quienes viven su identidad desde la diversidad sexual.

A diferencia de ello, las coberturas de prensa sobre los femicidios sí han tomado una mayor relevancia y visibilidad en los últimos años. En este sentido es importante destacar que su amplia difusión no necesariamente derivó en una mayor concientización sobre la temática, e incluso en muchos casos ha resultado contraproducente. No es casual que al pensar en los casos de femicidios que trascendieron a la opinión pública tengamos tan presente la identidad y hábitos de la víctima, pero poco o nulo conocimiento sobre el femicida. Este tipo de lógica contribuye a reforzar la tan instalada idea en los imaginarios sociales de que las víctimas son, en mayor o menor medida, responsables de sus propios asesinatos. Es por eso que de-construir las noticias atravesadas por estos pensamientos que revictimizan, justifican y hasta romantizan a los femicidios es definitivamente un ejercicio y compromiso colectivo urgente e indispensable. Si bien es cierto que el universo informativo latinoamericano es inabarcable, a través de este breve análisis pretendo reflexionar acerca de cómo la prensa gráfica y digital reproduce conceptos estereotipados que legitiman socialmente la violencia por motivos de género.

En un contexto de globalización, hiperconsumo informativo e inmediatez, es innegable la centralidad que han adquirido los titulares y el diseño de su previsualización a través de las redes sociales. Por este motivo, resulta de suma importancia que pongamos la lupa en los conceptos e imágenes de los titulares para entender cómo los medios presentan los hechos ante sus audiencias masivas.

¿Qué características tiene la narrativa mediática que pretende anular la responsabilidad de los femicidas? En primer lugar es importante destacar que los femicidios representan la expresión más brutal de la violencia por motivos de género, pero no la única. Para analizar el enfoque de prensa dominante –con tintes romanticistas y revictimizantes- ante esta problemática social, es preciso destacar algunas sutilezas sobre el proceso de construcción de sentido que realizan en relación a las identidades de las mujeres. Propongo el rápido ejercicio de repasar mentalmente sobre los temas de la agenda en que aparecemos nosotras, ya sea en diarios y revistas, ¿qué hechos son considerados “noticiables”? El foco principal sobre nuestras corporalidades se mantiene como una constante hasta la actualidad: las mujeres con cuerpos hegemónicos son constantemente sexualizadas, mientras que toda corporalidad que no encaja dentro de ciertos cánones estéticos de belleza y juventud es invisibilizada o implícitamente cuestionada.

“La Chilindrina reveló por qué se dejó ver en bikini a los 70 años”

“Silvina Escudero elevó temperatura en redes sociales”

“Leslie Shaw enciende la temperatura con topless en Instagram”

“Bianca Gascoigne, hija de una leyenda del fútbol, enciende las redes con sus fotos en bikini”

 

No sólo se habla más del “look” o de la apariencia física que de cualquier otra capacidad, sino que además suelen hacer referencia sin ningún tipo de pudor como “la mujer/pareja de”, haciendo alusión a una clara idea de objeto y propiedad.

“Al límite: la pareja de Arturo Vidal elevó la temperatura en las redes”

“Lionel Messi y Antonella se fueron de copas con la mujer de Cesc Fábregas”

“Las lágrimas de la mujer de Cristiano”

Y eso no es todo: la sexualización se advierte cada vez a mayor temprana edad: las hijas menores o adolescentes de las famosas ya cuentan con cientos de notas en relación a como se visten o qué publican en sus redes sociales.

“5 famosas peruanas que reflejan su pasión por la moda junto a sus hijas pequeñas”

“Matilda Salazar se vistió de princesa y enterneció a sus seguidores”

“Wanda Nara mostró el impactante cambio de look de su hija Francesca Icardi. A través de sus redes sociales, la mediática compartió cómo quedó su pequeña tras su paso por la peluquería”

Ahora, pensémoslo a la inversa, ¿cuántas notas, secciones o revistas específicas dedicadas al aspecto físico de los hombres hay?… Para rematar, propongo reflexionar acerca de los contenidos de las revistas orientadas a un homogeneizado “público femenino” sobre temáticas vinculadas a la maternidad y al cuidado estético del cuerpo y la salud, mientras que las revistas para los hombres se centran en imágenes de cuerpos hegemónicos sexualizados de mujeres.

Hay una especie de hilo conductor escalofriante en la lógica que atraviesa el abordaje mediático referido a los femicidios: los procesos de construcción de sentido sobre las corporalidades e identidades continúan operando incluso cuando nos comunican la noticia. A través de detalles innecesarios que sólo buscan generar morbo (y por ende, ampliar audiencias para obtener mayor rédito económico) las violencias ejercidas sobre las mujeres asesinadas continúan siendo objeto de noticia. No es casual que este tipo de notas suelan ubicarse en las secciones vinculadas a temas policiales, y no a las de sociedad. El problema que se advierte es doble: el abordaje de la temática como si fueran casos aislados de “asesinatos” (omitiendo la especificidad del concepto de “femicidios”) y no como una problemática que concierne a toda la sociedad, por un lado, y por el otro el amarillismo que suele acompañar estas coberturas espectacularizadas.

“El padre hundió el cuchillo en el pecho de la madre”

“Chica descuartizada en Neuquén: el detenido por el asesinato había subido a Facebook un violento post”

“Tiró a su novia por la escalera, la quemó en la parrilla y la descuartizó”

“Horror en Catamarca: mató a su novia y quemó los restos en una parrilla”

Las víctimas son discursivamente colocadas como eje central de la construcción de la noticia a través de la construcción de un supuesto “perfil de víctima”. Sus imágenes de las redes sociales, sus hábitos y hasta sus chats o audios privados son publicados, mientras que la responsabilidad de los femicidas es subestimada o directamente invisibilizada. Dar cuenta de este punto es central para comprender prejuicios e imaginarios surgidos en la opinión pública que responsabilizan a las mujeres, ya sea por su vestimenta, por estar alcoholizadas, por circular solas en determinados lugares a altas horas de la noche, y por una larga (y lamentable) lista de excusas. Los titulares del estilo “la mató porque…” dan cuenta de esta justificación misógina que centra la responsabilidad en las mujeres:

“Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria”

“Mató a su novia porque estaba embarazada”

“Mató a golpes a su novia porque se le había soltado la bikini al tirarse a la pileta”

“Era infiel y para que no lo descubran mató a su amante embarazada”

Estos intentos permanentes de justificación son un terreno ideológico propicio para la peligrosa romantización del vínculo entre víctima y victimario. Según esta idea, el principal responsable de los femicidios es el concepto de “amor”.

“amores que matan”

“el amor y los celos la mataron”

“la culpa la tuvo cupido”

“el amor violento de la bella colombiana que fue descuartizada”

“drama al estilo Romeo y Julieta: mata a su novia y luego se suicida”

 

Al igual que ocurre con las justificaciones mencionadas anteriormente, la estrategia de la romantización también diluye la responsabilidad del femicida, pero va más allá y la esconde tras ideas del amor romántico.

Incorporar y transversalizar la perspectiva de género interseccional a los medios de comunicación masivos es imprescindible para poder repensar y modificar este tipo de relatos cargados de violencia simbólica. Es sumamente necesario que los femicidios sean informados de manera responsable para generar una mayor conscientización, no para generar rating a través del morbo y la espectacularización. Que protejan la intimidad y dignidad de las víctimas, además de contextualizar desde la relevancia social utilizando términos adecuados a través de cifras, causas y consecuencias de las violencias por motivos de género. Necesitamos, asimismo, que den mayor visibilidad y análisis a los casos de transfemicidios y travesticidios en nuestra región. En definitiva, avanzar hacia nuevos paradigmas comunicacionales que dejen su postura de complicidad para comprometerse con la conscientización sobre violencia patriarcal.

N˚1 / Dejó de existir

Fotos boletín n°1: Alejandra Saldivia (CHL)              

Por EL RAYO VERDE

EL AMOR Y LOS CELOS LA MATARON

En El amor y los Celos la Mataron se recopila una multiplicidad de discursos en torno a casos de femicidios y violencia de género elaborados por los medios de comunicación. Entre ellos podemos encontrar algunos elementos recurrentes que dan cuenta de lo que sucedió, un hecho puntual. Sin embargo, estos discursos se encuentran revestidos de significados y concepciones que no remiten solo a los hechos concretos, sino a los elementos subjetivos y por tanto interpretativos de la realidad. En este sentido, se establecen distintos mecanismos discursivos que pintan estos hechos bajo un nuevo matiz, como la romantización de la relación amorosa entre víctima y victimario, las declaraciones del asesino, la ofuscación de los femicidas, la aparente ausencia de agente responsable de los hechos, la supuesta igualdad de condiciones físicas en una disputa, las conductas de la víctima que la llevaron a su muerte, o la victimización del victimario.

Los medios de prensa corresponden a uno de los dispositivos propuestos por Michael Foucault, las tecnologías de poder, determinando la conducta de los individuos, sometiéndolos a ciertos fines y objetivando al sujeto. De esta manera, los medios masivos de comunicación han fortalecido la reproducción de estereotipos como una manera de “asegurar que sus mecanismos sean aceptados por las personas” (Toledo, 2009: 19). Para esto, los mensajes enviados a través de los medios “perpetúan modelos de género, roles de hombres y mujeres, sexualidades, ideas de lo
correcto y lo incorrecto, de lo bueno y lo malo, como si los preceptos transmitidos fuesen naturales” (Toledo 2009: 19). En los complejos procesos de formación de identidades, la prensa juega un papel protagónico, reproduciendo discursos hegemónicos respecto a ser hombre o mujer y la relación entre ellos.

Como parte del sistema sexo/género (Rubin, 1986) imperante, el amor romántico actúa como manual de “reglas del juego” en el marco de las relaciones sexoafectivas heterosexuales. El amor se plantea como fin último de la vida de las personas, como fuerza sobrenatural que supera toda norma, incluso el derecho a la vida. En este marco las mujeres son representadas como víctimas pasivas que mueren consumidas por el fogoso e incontenible amor de sus amantes.

Son prácticamente elementos sacrificiales al amor que todo lo puede, ya sea en forma de “bella colombiana” víctima de un “amor violento”, “María Magdalena” como víctima de un “crimen pasional”, o Vanesa que murió “por amor”. Estas representaciones no sólo maquillan a las víctimas, sino que también tiñen de rosa la crónica roja al tomar lugar los hechos durante “el día de los enamorados”. Por su parte, los hombres que llevaron a cabo estos femicidios cuentan con un espacio confesional en los titulares con tristes historias postmortem, o declarando amor por sus víctimas asesinadas. De esta manera, los amores imposibles entran al campo de significados del femicidio siendo parejas que mueren juntas inmortalizando su amor o bien muriendo en la relación, inmortalizando la posesión de estas mujeres por parte de sus apasionados asesinos.

El hecho de contextualizar estos crímenes dentro de relaciones amorosas, además lleva a las motivaciones de los casos de femicidio; dar muerte a una mujer por su condición de mujer, al plano de las relaciones interpersonales (Segato, 2012). Es decir, como producto de una relación supuestamente simétrica, y no de una estructura patriarcal mayor cuyas bases se encuentran en la opresión/posesión femenina. Tal es el caso de la “Descuartizada del Mapocho”, donde el móvil fue la “violencia mutua”. Fue la violencia simétrica la causa de su muerte, sin embargo,
debemos considerar que la violencia requiere la ausencia de simetría en las relaciones para ser ejercida.

Frente a estos casos de femicidio es frecuente encontrar que el agente, entendiendo éste como el sujeto que realiza la acción, se encuentra ausente o corresponde a un objeto casi mágico con la nefasta capacidad de causar la muerte, “Murió por culpa de un mensaje de whatsapp”. Transferir el sujeto al objeto que recibe la acción es un ejercicio que transfiere la agencia del sujeto original, el femicida, al objeto original, la mujer asesinada. En este sentido, sobran las “caidas de edificio”, los “golpes en el rostro” sin mano que los empuñe o simplemente la capacidad de las mujeres de “dejar de existir”. En base al material presentado en El Amor y los Celos la Mataron, todas estas acciones de morir realizadas por mujeres, corresponden a acciones pasivas que solamente suceden. De esta manera, se oculta al verdadero agente dentro de una enmarañada cadena de responsabilidades. No es el hombre ni los hombres, sino que se encuentran mediatizados como parte de una estructura de violencia mayor. Ésta en sí, constituye una contradicción, ya que el binario hombre/mujer se enmarca tradicionalmente en una relación de sujeto-objeto respectivamente. Sin embargo, en los titulares del proyecto, el hombre como sujeto-activo desaparece del texto en su dimensión explícita.

Esta condición cambia cuando vemos quienes son los que tienen voz en los titulares, si bien en la totalidad de las noticias referidas las mujeres son las víctimas, solo los testimonios de los hombres son los que tienen cabida, ya sea de modo confesional o para explicar las condiciones que lo llevaron al femicidio, solo los testimonios masculinos tienen acceso a los titulares. En estos casos abundan las declaraciones en las cuales el sujeto consciente es suprimido y poseído por amor, en sus manifestaciones de celos, tristeza, accidentalidad o incluso lesera. Podemos ver de esta manera como el amor romántico, mellizo y siamés del patriarcado, actúa como filtro que reviste de un tono rosa la crudeza de la crónica roja, reemplanzando morbo por romanticismo y femicidio por trágica historia de amor.

Cabe preguntarnos entonces, ¿son los hombres, son los femicidas en sí mismos los responsables?, ¿es la opinión pública, son los medios, o bien fue el amor? Responder esto sin considerar que la violencia se encuentra en el entramado de relaciones cotidianas que experimentamos todas y todos sería fútil. Entonces, sí serían los hombres, sí sería el victimario, sí es la opinión pública y quizás cuántos otros elementos y agentes podamos identificar en esta infinita cadena de responsabilidades. En este aspecto la prensa cumple una doble función, ya que da cuenta de los significados comunes que compartimos en sociedad, a la vez que reproduce un marco sobre qué es la sociedad y quiénes somos. De esta manera, mientras sigan habiendo titulares con mudas e inmoladas víctimas de femicidios, a su vez pasivas y activas, sujeto y objeto, seguirán habiendo más sucesos que alimenten la antropofagia de la prensa.

Rubin, G. (1986).
El tráfico de mujeres: notas sobre la» economía política» del sexo. Nueva antropología, 8(30), 95-145.

Segato, R. L. (2012).
Femigenocidio y feminicidio:
una propuesta de tipificación.

Toledo, Natalia (2009).
La hetero-norma en Chile y sus posibles aperturas desde la educación. En Teoría de género, feminismo y sus implicancias para la educación. Actas del Coloquio Género, UMCE 2009. Santiago. Disponible online.

Por LUCIA MIRANDA LEIBE

Doctora Internacional en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca/ Science Po Paris

Aunque la política siempre ha sido cosa de mujeres, la estructura patriarcal se ha dedicado a invisibilizar nuestra participación y aportes a tal clave área de la vida en comunidad. Un aspecto donde se nos ha preferido excluir, es en el diseño de las cartas magnas (guía de navegación legal y política y de un país) las cuales siempre han estado diseñadas por y para hombres de la élite. En América Latina los ejemplos recientes que han buscado romper con dicha lógica de dominación masculina en el proceso de escritura de sus constituciones han sido Ecuador y Bolivia; ambos países en 2008 y 2009 respectivamente lograron incluir hasta un 35% de mujeres para la redacción de sus constituciones.

Chile está viviendo una seguidilla de hechos históricos guiados por la oportunidad de elaborar una nueva constitución que reemplace la actual (y aún vigente) que carece de legitimidad de origen por ser aprobada en Dictadura. La Convención Constitucional electa encargada de escribir la Nueva Constitución está conformada de forma partidaria a partir de la aplicación del mecanismo correctivo de repartición de puestos diseñado por Arce, Garrido y Suárez-Cao, que hacen de Chile el primer país en el mundo en realizar un proceso constituyente conformado totalmente en forma equitativa por mujeres y hombres.

Para las mujeres ocupar el espacio público siempre ha sido controvertido, sobre todo desde la conformación de los modelos de estado moderno que se basa en una contrato sexual tácito (Pateman, 1989) que nos confina como mujeres a ocupar el espacio privado y nos juzga (y oprime) por osar ocupar el espacio público. Las sanciones que vivimos por atrevernos a ocupar el espacio público son múltiples y se materializan en situaciones de violencia política explícita, obstáculos extra por la ausencia de un Estado de Bienestar que nos impide desarrollar nuestras labores profesionales de forma optima: un ejemplo claro en Chile se ha visto con las convencionales que teniendo a su cargo personas a cuidado, no contaban con mecanismos de respaldo como guarderías para poder ir a trabajar de forma tranquila.

La incursión de las mujeres en los procesos de toma de decisión puede identificarse que ha sido progresivo al observar mujeres presidentas, la creación de ministerios de la mujer en un gran número de países o el aumento de la proporción de mujeres en cargos de representación parlamentaria. Recientemente Chile fue noticia en el mundo por ser electa una mujer mapuche como presidenta de la convención constituyente; dando fin al estigma por siglos no sólo de que sea una mujer la que ocupe un cargo político de tal envergadura, sino que sea además perteneciente a un pueblo originario.

Cuando Elisa Loncón asumió la presidencia de la Convención constitucional su mensaje fue claro en términos de reivindicar el pueblo mapuche, la naturaleza y a las mujeres. Textualmente su frase fue, luego de saludar en mapudungun a todo el territorio chileno y aclarar que el mensaje también iba dirigido a la diversidad sexual: “La convención que hoy me toca presidir, transformará Chile en un chile plurinacional, intercultural, (…) que no atente contra el derecho de las mujeres, el derecho de las cuidadoras, (…) que cuide la madre tierra, que también limpie las aguas contra toda dominación”

Las posiciones de la prensa a la hora de destacar uno u otros aspectos de la toma de posesión por parte de Loncón reflejan las interpretaciones latentes en torno a los roles de género en la política. Así El Mercurio recalcó otros aspectos del discurso de Loncón como el hecho de que la presidencia se esperaba que fuera rotativa en un Chile plurinacional; Interferencia destacó el aspecto refundacional debida a la presidencia de una mapuche en la convención; siendo la reivindicación en contra de la violencia hacia las mujeres rescatada marginalmente. La invisibilización de las demandas contra la situación de dominación y exclusión que sufrimos las mujeres es una estrategia aplicada recurrentemente por parte de la prensa.

Los medios de comunicación son cómplices de la invisibilización de la violencia de múltiples formas. Las últimas semanas han preferido reproducir las agresiones realizadas contra la presidenta de la Convención y contra la propia democracia por parte de la coalición de derechas (la cual accedió a sus cargos como convencionales a través de la lista de “Vamos por Chile”) a la cual catalogan de floja, dictatorial y discriminadora. Mientras prefieren alimentar la polarización y crispación, sólo marginalmente nos enteramos que Elisa Loncón ha debido contar con escoltas de seguridad debido a las amenazas recibidas contra su integridad física. Solo dos periódicos hicieron evidente que es mentira que a la derecha se le impida hablar y presentar sus propuestas en la Convención; son los periódicos más pequeños los que pueden dar ese lujo: El Mostrador y El Desconcierto.

Una de las características del patriarcado es su ego débil a través del cual se resiste a hacerse cargo de su lógica de explotación y dominación. El patriarcado se ampara en su libertad (de consumo, de expresión) para someter a las mujeres. Que la más reciente ola de movilizaciones feministas haya surgido bajo lemas que denuncian la violencia física a la que nos vemos expuestas por el solo hecho de ser mujeres no es casual, sino que refleja la parte más flagrante del iceberg de la dominación masculina flotando en un mar de cuerpos femeninos.

Al analizar en retrospectiva las propuestas constituyentes en materia de género por la que se les eligió para el cargo de convencionales, observamos que los llamados en materia de eliminación de la violencia de género son más bien marginales. Siguiendo la estrategia propuesta previamente por Andrade y Miranda (2021) para medir el reconocimiento de un nuevo contrato sexual a través del grado de reconocimiento de las autonomías de las mujeres; en el Observatorio nueva constitución se presentó un informe que desglosa el nivel de apoyo a las diferentes demandas que permite identificar que sólo 35 convencionales (un 22% del total) hicieron mención expresa a la necesidad de erradicar la violencia de género estableciendo mecanismos de compromiso en el diseño de la política estatal a través de la Nueva Carta Magna.

Los feminismos son variados en sus fines y estrategias. Las campañas de las candidaturas constituyentes dejaron claro que no es lo mismo ser feminista a ser pro-mujer pero la sensación de que debe ser modificado el contrato sexual en el cual se apoya y expresa la estructura social chilena resulta transversal. El discurso de Loncón lo dejó claro, así como dejó claro que superar dicho contrato sexual a través de la eliminación de la violencia contra la mujer será el desafío primordial de la Convención para refundar Chile.

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